El rapero hace historia siendo el primer artista en ocupar simultáneamente los tres primeros puestos de la lista Billboard con tres álbums, después de su clamorosa derrota contra Kendrick Lamar

Un bloque de hielo de 200 toneladas se derretía en medio de un parking de Toronto el pasado abril, mientras cientos de curiosos se subían a él o participaban en su destrucción. Este imaginativo happening formaba parte de la promoción de lo que se anunciaba como Iceman, el nuevo álbum de Drake, el rapero más rentable de la industria, tanto por número de streams como por recaudación en giras. Pero también podría haber sido una metáfora visual sobre cómo acabaría el hip hop si continuaba su estancamiento: en los últimos años se había enfriado como un témpano. Si bien todavía era temprano para que el rap dejase de ser una atracción popular, las señales que alertaban de su pérdida de hegemonía cultural resultaban claras.
El género gozaba de una cuota de mercado del 30% en 2020, y descendió hasta el 24% a finales de 2025. A esto se sumó que en octubre, por primera vez desde 1990, no figuraba ni una sola canción de rap en el Top 40 de Billboard, y en cambio el country y el pop se repartían la lista. En este impasse, el lanzamiento del artista canadiense se anticipaba como un termómetro que colocarle al estilo que ha sido la banda sonora dominante de lo que llevamos de siglo. Se podría hacer buena la frase “cuando Drake estornuda, el hip hop se resfría”. Los fans y la industria permanecían atentos al diagnóstico.
Pero su regreso no solo gestiona la crisis que navega el género, sino también la de su propia reputación. Aún reverbera el eco de su derrota en el beef contra Kendrick Lamar en 2024. Un enfrentamiento lírico abundante en fango por el calibre de las acusaciones que se lanzaron. Drake calificó al angelino de maltratador de mujeres, mientras que su contrincante le pintaba a él como un depredador de menores. En la canción Not Like Us, Kendrick le llamaba “pedófilo certificado” y, pese a lo mortificante del contenido, consiguió con ella llevarse cinco Grammys a casa. No existen indicios de que nada de lo escupido al micrófono fuera cierto pero eso no impidió que el tema se convirtiera en un himno que superó las mil millones de reproducciones en plataformas. Drake decidió prolongar la guerra por la vía judicial, denunciando por difamación a Universal Music Group, sello que comparte con Kendrick Lamar. Perdió nuevamente: en el tribunal y también ante los aficionados que consideran una transgresión involucrar a la Justicia en un beef. Con su marca seriamente dañada, “el hombre de hielo” afrontaba la titánica tarea de darle la vuelta a la percepción pública.
¿Cómo salir del terreno pantanoso? Pisando el acelerador y optando por la maniobra más maximalista imaginable. El 15 de mayo no solo lanzó ‘Iceman’, la versión que haría un millenial millonario de ‘El conde de Montecristo’, por su vena revanchista; sino que sacó por sorpresa otros dos proyectos: Habibti y Maid of Honour. En total, tres discos de estilos diferenciados para tres tipos de audiencias, que eventualmente convergen. Aparte del mencionado disco de hip hop resentido, el segundo es un largo de R&B arrullador y el tercero profundiza en el dance sudoroso, confirmando así que la supervivencia pasa por no depender de un solo género. Un gesto desmesurado (43 canciones, 150 minutos) para asegurarse de que el mensaje sea recibido en la época del déficit de atención. Drake se reivindica como la quintaesencia del artista global: el que puede ser usado como hilo musical en una tienda Mango, hacer cabecear a un friki de los dobles sentidos en las rimas o sonar en una sesión de club en Ibiza a la una de la madrugada.
Aunque Drake siempre ha estado íntimamente ligado al R&B y exploró el dance en Honestly, Nevermind (2022), marcarse este triplete estilístico tan compartimentado en su gran momento redentor se lee como un clavo más en la tumba de la monocultura musical. El editor de Spotify en Norteamérica, John Stein ya apuntaba en 2024 que probablemente ese fuera el año más diverso sónicamente de la historia y que es una tendencia que solo podía crecer.
Drake encarna bien esa indefinición; es experto en habitar “no lugares”, tanto musicales como identitarios. Sabe rapear severo y cantar suave. Es de padre negro y madre judía. Es canadiense pero naturalizado en Estados Unidos. Le consideran un icono en la manosfera, sin embargo su música siempre ha conectado fuertemente con el público femenino. Un ejemplo que también ilustra esta ambigüedad está en su postura sobre Palestina. En el recado que le deja en Make Them Pay a su examigo DJ Khaled, estadounidense de origen palestino, suelta: “tu gente todavía está esperando a que digas “Palestina Libre” pero aparentemente no todo es blanco y negro… y rojo y verde”. Pero por encima de ese astuto cálculo y esa ambición de servir a todos los oídos hay algo que permanece inalterable en el discurso de Drake, y es su tono confesional, rasgo que le ha acompañado desde que debutara en 2009 con una mixtape.
Más de década y media más tarde seguimos hablando del canadiense, que acaba de hacer historia, siendo el primer artista en ocupar con sus discos, los puestos 1,2 y 3 de Billboard 200 en la misma semana. Por eso no debería leerse solo como un evento musical, sino como una lección de supervivencia en el siglo XXI. No todo el mundo sale airoso después de que tu némesis te ridiculice en el intermedio de la Superbowl delante de 130 millones de espectadores.
“La vida ahora mismo es terrorífica” canta en Prioritizing, lo más parecido que ha hecho a una canción con conciencia social en toda su carrera. En ella observa con pesimismo a la IA, la frivolidad relacional y las pocas oportunidades laborales. Si damos por bueno el manual del artista, para combatir ese terror habría que desdoblarse para satisfacer la voraz demanda del mercado y, a pesar de todo, lograr que tu voz siga siendo reconocible. No es nada fácil, pero Drake nos recuerda que es posible trucar a la maquinaria.

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